lunes 21 de diciembre de 2009

El dilema entre la paz y la justicia


CONTRAVOZ
El dilema entre la paz y la justicia*

Por Gonzalo Himiob Santomé

“Es una cuestión de saber cuál es el orden de las cosas. Creo que no es posible tener justicia sin paz ni es posible tener paz sin justicia, pero la cuestión, cuando uno está en medio del conflicto, es en qué orden tienen que darse las dos cosas”.
Kofi Annan

No están tan cercanos como suponemos, pero tampoco tan lejanos como podríamos temer, los tiempos en los que nos veremos confrontados a la disyuntiva, si es que en verdad es tal, de alcanzar la paz merced la coyuntural renuncia a la justicia plena o, al revés, de demorar o poner en riesgo la paz a favor de la que se perciba como inmediata e ineludible necesidad de hacer justicia contra quienes hoy, aunque amparados por el poder, más temprano que tarde tendrán que afrontar las consecuencias de sus acciones.

Habrá quienes piensen que se trata de un falso dilema porque sienten que no es posible ninguna paz real, en ningún contexto histórico, si ella se ha logrado a expensas de la justicia. En esta visión, propia de quienes se sienten y se saben víctimas directas de los abusos de los poderosos, la ley y su carácter reivindicador y civilizatorio toman primacía, y el castigo a los culpables de violaciones a los derechos humanos o de Crímenes de Lesa Humanidad, o de Guerra, por ejemplo, no puede hacerse depender de las necesidades políticas que, a veces, son diferentes de las normativas. En una asunción como la que precede -que puede materializarse en un momento de transición de un modelo de poder a otro- la persecución y el castigo legal contra quienes, habiendo estado en posturas de liderazgo formal, han violentado las más elementales reglas de vinculación poder-ciudadanía es un imperativo absoluto, aunque ello conspire contra la tranquilidad pública e impida pactos de mutua “no agresión” entre los diversos factores en pugna que faciliten el transcurso de, por ejemplo, un gobierno a otro.

Otros quizás también piensen que la falsedad del dilema es tal, pero no por las mismas razones que los anteriores. Y habrá así quienes crean que la paz colectiva, y la finalización definitiva de una modalidad de vinculación poder-ciudadano que se aborrece bien merecen, en ciertas coyunturas históricas y por ponerlo en términos sencillos, hacerse de “la vista gorda” con respecto a por lo menos algunas de las pasadas afrentas. Esta visión distinta no es posible, ciertamente, en quien se sabe o se percibe como víctima directa de los abusos previos, pero sí lo es en quienes se visualizan más como estadistas o como conductores de los citados procesos de transición y asumen que las luchas por las reivindicaciones sociales o políticas discurren en una suerte de “campo de batalla” en el que, como en todo trance bélico, siempre cabe esperar bajas sobre las que, aunque reconocidas en su justa importancia, no vale la pena ahondar en demasía si ello amenaza con obstaculizar el cambio que se propone y se desea.

En ambos casos, nótese, justicia y paz van de la mano, la una no niega a la otra, pero en la primera de las visiones se le otorga preferencia a la justicia sobre la paz mientras que en la segunda aquélla no es más que una consecuencia que, hasta cierto punto, está subordinada a ésta.

De entrada propongo que los conceptos de justicia y de paz –a nivel macrosocial- no son excluyentes. De hecho, pienso que los mismos son correlativos e interdependientes. Esto quiere decir que no es posible una verdadera paz a futuro si ella no presupone, de cara a las víctimas de quienes han abusado de su poder, que se haga justicia y que se reconozca el grave daño a la humanidad como conjunto que éstos abusos implican –sin revanchismos, pero con contundencia- por lo menos a los niveles simbólicos necesarios para sentar los predecentes que sirvan de base a la conjura de males futuros. Proponer –como se trató hace décadas en Argentina- leyes de amnistía general o de “punto final” que de alguna forma garantizaban la impunidad de quienes desde la intolerancia atentaron contra la más elemental dignidad humana de la ciudadanía no es, necesariamente, sinónimo o causa de tranquilidad pública y, de hecho, eleva significativa y negativamente los costos políticos de cualquier transición de un modelo de poder a otro. Y hasta la pone en riesgo. Es por ello que el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y nuestra Carta Magna -por ejemplo en su Art. 29- disponen que ciertos hechos (los Crímenes de Lesa Humanidad o los Crímenes de Guerra, entre otros) no pueden jamás permanecer sin castigo merced cualquier prerrogativa o elaboración que promueva la impunidad de sus responsables.

El quid de asunto lo constituye, en mi humilde criterio, la afirmación de Kofi Annan que encabeza esta entrega. No es tanto la existencia de paz o de justicia –o la necesidad de que se logren ambas- lo relevante al dilema. De hecho no creo que deba discutirse que paz y justicia son presupuestos esenciales –ambos- al desarrollo de nuestra mejor convivencia. Tampoco lo es la consideración sesgada de si una u otra –la paz o la justicia- deben privar o tenerse como “más importantes”, respectivamente, la una sobre la otra si la coyuntura social lo demanda. La cosa va, según lo considero, por el lado de cuál de las aspiraciones sociales o colectivas debe promoverse y hacerse valer, cuando corresponda, primero: La paz colectiva, o la justicia civiladora.

Llegará el momento de enfrentarnos a ése, que sí es ciertamente un dilema trascendente. Llegará el tiempo de precisar qué ha de venir primero, si la justicia o la paz, y será este el tiempo también en el que al liderazgo político le tocará sopesar qué es lo que más conviene, en una primera instancia, a la nación entendida como un todo del que seguirán siendo parte tanto los vencedores de las luchas libertarias como los oprobiosos vencidos. Y es allí dónde se verá si somos de la talla de quienes juraron “freír en aceite” las cabezas de quienes ya en ese momento no se percibían como adversarios políticos sino como enemigos de guerra o si, por el contrario, estaremos a la altura del compromiso que se asuma y, como verdaderos estadistas, podemos garantizar –y nadie dice que sea sencillo- que no se jugará a la “intolerancia a la inversa” –que al final, es igual intolerancia- o a ser lo mismo que era aquello que se adversaba. Y tocará hacer las determinaciones del caso, y actuar en consecuencia, valorando también la necesidad indiscutible de garantizar la paz con una mínima cuota de laxitud en la aplicación de la ley -así sea temporalmente- pero ser igualmente severos en el castigo de aquellos a los que no cabe, y sí es absolutamente imposible, perdonarles sus iniquidades.

¿Estaremos, llegado el trance, listos para asumir un compromiso histórico de tales proporciones con los costos –que los tendrá, ciertamente- que éste implica?

*Publicado en "La Voz" el 20 de Diciembre de 2009

lunes 14 de diciembre de 2009

Carta de un magistrado anciano


Esta carta me la envía, en estos momentos aciagos, una amiga "desde adentro" del Poder Judicial venezolano. Se siente identificada y, a la vez, me hace sentir que no todo es oscuridad.

Carta de un magistrado anciano a su hijo recién designado juez en la España del siglo XVIII, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)

No sé, hijo mío, si celebrar o llorar la noticia que me das, de haberte honrado Su Majestad con la toga de juez. Te contemplo en una esclavitud. Ya no eres mío, ni tuyo, sino de todo el público. Las obligaciones de este cargo no sólo te emancipan de tu padre, también deben desprenderte de ti mismo. Ya se acabó el mirar por tu comodidad, por tu salud, por tu reposo y en el futuro, si llegas a desposarte, por la compañera de tu vida y por los hijos que Dios te dé, pues sólo podrás mirar por tu conciencia. Tu bien propio, lo has de considerar como ajeno y sólo el público como propio. Ya no habrá para ti paisanos, amigos y parientes, ya no tendrás patria, ni carne, ni sangre.

Si dudas contar con la ciencia suficiente o la salud necesaria para cargar con tu grave peso, si no sientes en ti un corazón robusto e insensible a los problemas y amenazas de los poderosos, si estás muy enamorado de la hermosura del oro, si te conoces muy sensible a los ruegos de parientes y amigos, no puedes, en mi sentir, entrar con buena conciencia a la judicatura.

Mas si has decidido tu ingreso, una vez que la toga te sea impuesta sobre tus hombros, deberás ser como la encina, mejor de cuajo derribada y nunca inclinarte como la débil caña al soplo del viento. Tus pasiones, que has de tenerlas si no, de hombre no fuera, deberás dejarlas en los estrados del Tribunal, pues has de juzgar con afecto y sin odios. Tampoco deberás considerarte, por grande que sea tu talento, genio inspirador, sino modesto servidor de la justicia. El aplauso y la gloria, han de estar lejos de ti y sólo la conciencia del deber cumplido constituirá tu más cara satisfacción.

Podrás equivocarte, por ser el error servidor de lo humano, mas en este punto, siempre deberás recordar dos cosas. Que lo malo no es equivocarse, sino persistir en el error y que dos errores jamás hacen una verdad.

También quiero prevenirte de que a veces el bien y el mal están tan mezclados, que hay que mantener limpio el corazón para distinguirlos. Sin embargo, junto a zonas confusas, hay otras que son muy claras, la misericordia será siempre mejor que la violencia, ayudar al desvalido mejor que hacerle daño u olvidarlo, actuar según la conciencia, mejor que hacerlo según el capricho.

La templanza ha de serte esencial, porque si la justicia es medida, equilibrio, ponderación, balanza y meditación serena, sólo puede alcanzarla el juez con mente clara y espíritu sereno. La fortaleza también debes tenerla contigo. Porque si el momento te lo exige, deberás sacrificar en aras de la justicia tu propia reputación, heroísmo supremo que de ordinario no se valora. Que ni la frase ligera, ni el concepto atrevido, que propalan las más de las veces hechos falsos, te orillen a torcer el sentido de la justicia, que deberás hacer prevalecer a cambio del escarnio, del cargo o de la propia vida.

Te escribo todo esto pensando que, si en lo cronológico hay un día y una noche, también en el camino del que hace justicia hay días y noches, horas de intensa satisfacción y de profunda amargura y ambas son parte de una misma realidad. Claro que para entender la noche, hace falta tener mayor agudeza del alma porque es durante la noche cuando resulta más hermoso creer en la luz.

Por último, debes saber que algún día más o menos lejano, que para mí ya se ha hecho presente, cuando hayan cesado las voces de quienes ocurren a ti en demanda de justicia, cuando te veas envuelto en la penumbra por un sol que, aunque dorado y brillante, ya se empieza a perder en el ocaso, cuando no tengas más compañía que un conjunto de libros en el anaquel y que algunos papeles de trabajo sobre tu escritorio, habrás de enfrentarte al acto de justicia más terrible, pero también ineludible, el dictado de la sentencia de tu propia causa. En ese momento y para ese efecto, habrá de pasar junto a ti toda tu vida, que habrás de valorar imparcial y objetivamente sin recurrir al abuso de excluyentes o atenuantes, con la misma imparcialidad que debes a los asuntos de otros. Quiera Dios que esa sentencia no sólo resulte absolutoria, sino que te declare digno de la profesión, para mí, más noble y querida, con la que has sido distinguido: La profesión de juez.
 
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