domingo, 17 de mayo de 2009

¡A callar todo el mundo!


CONTRAVOZ
¡A callar todo el mundo!

Por Gonzalo Himiob Santomé

Concedamos a los voceros oficialistas que es cierto que los medios en Venezuela, en los últimos diez años, se han visto forzados a jugar en posiciones que normalmente no les corresponden. Y que antes de Chávez algunos también lo hacían. Pero añadamos también que de esto no ha escapado virtualmente ninguno. Algunos, la gran mayoría, son “rojo-rojitos” hasta la vergüenza y verdaderamente no hacen más que servir como agencias de propaganda oficialista, mal manejadas además –se supone que los recursos que utilizan para operar son de todos, sin distinción- y no hacen otra cosa que cantar hasta el tedio las supuestas virtudes de la “revolución” y ocultar la verdad de la crisis social, económica y política que se vive en el país. Son la herramienta de difusión del odio hacia el opuesto, del desconocimiento de la humanidad de “los otros”, de las “verdades” oficiales. Son los medios a través de los cuales el miedo se enseñorea como política de Estado.

Otros han aceptado la bota sobre el pescuezo. Se dejan llevar por las conveniencias –no hemos de olvidar que algunos de ellos son propiedad de acaudalados empresarios a los que sólo les interesa ganar dinero, y nada más- y si bien no lo callan todo, y muestran muy de vez en cuando algún pronunciamiento crítico o la realidad social de problemas tan graves como la inseguridad, tampoco lo cuentan todo. Imagino que sus directivas piensan ilusas que, al actuar así, no son títeres del poder, o que la historia no les pasará la correspondiente factura. Son los cobardes de siempre haciendo lo único que saben hacer: cobardear.

Luego están los otros, la mayoría de ellos parte de los que se denominan los “medios impresos”, que mantienen –como es su derecho en democracia- líneas editoriales críticas frente al poder. Entre éstos, se me ocurre que -y esta es una apreciación personal sujeta por supuesto a revisión y a cuestionamiento- los más decididos a nivel nacional son los diarios “El Nacional”, “El Universal” y “El Nuevo País”. A nivel televisivo incluimos en esta lista, por supuesto, a Globovisión y a RCTV, de la radio destacan muchos, entre ellos Unión Radio, CNB y otros. Por supuesto, existen muchos otros vehículos comunicacionales a nivel regional que mantienen valientemente su postura crítica, pero quisiera limitarme, por el momento, a los de resonancia nacional.

Y están también los ambivalentes. Los que en procura de una supuesta objetividad parecen más bien bailar en la cuerda floja de estar bien “con Dios y con el diablo”. Los que se proclaman opositores y muestran los atropellos y los abusos del poder pero, a la vez, se niegan a llamar a las cosas por su nombre y, muchas veces, banalizan la situación nacional al punto de que fuerzan matrices de opinión ambiguas que no sirven sino a la indefinición, al fomento de la duda y de la confusión colectiva y, consecuentemente, a la falta de acción concreta. Si ello es deliberado o no será el futuro el que lo juzgue.

El punto es que todos éstos, absolutamente todos los medios a los que me he referido, son perseguidos políticos. Desde los que se prestan sin cortapisas a la apología de la barbarie hasta los que la cuestionan vehementemente, pasando por los que juegan al silencio o a la ambigua desinformación, la verdad es que todos están condicionados en sus formas de expresión a las directrices del poder. Uno sólo es el que les manda, uno sólo el que les hace comportarse, ante ciertos hechos, de determinadas maneras. Uno sólo es el que les prescribe qué pueden contar al mundo o no y de qué manera pueden hacerlo. Y cuando ello no se hace a satisfacción del poder, uno sólo es el que se encarga de hacer cuanto esté a su alcance para neutralizarlos, para –usando el verbo que les gusta más a los facinerosos, y que más se ajusta a la realidad- “pulverizarlos” sacándolos del juego como mejor le parezca saltándose, si ello es menester, la Constitución y la ley.

Dos razones fundamentan esta conducta del gobierno contra los medios críticos a su gestión. De todas, las más graves, los pasados ataques contra RCTV y la actual arremetida contra Globovisión. La primera, la sensibilidad de la egocéntrica piel del “comandante”. Muy militar, muy vociferante, muy bravío en sus peroratas se muestra cuando sólo se las aplauden sus asalariados, pero basta que se le haga el mínimo comentario negativo, la mínima alusión cuestionadora, el más pequeño comentario contra él o contra su gestión para que el hombre salte a chillar como perro atropellado. Por supuesto, como no está sino rodeado de adulantes dichos alaridos no se quedan en eso, sino que se traducen en actos de intolerancia concreta que van desde el uso impune y tolerado de incontrolables y violentas fuerzas civiles armadas contra periodistas y sedes de medios hasta la apertura de investigaciones administrativas o penales contra los medios o contra sus representantes. Allí están Ibeyise Pacheco, Napoleón Bravo, Marianela Salazar, Gustavo Azócar, Marta Colomina, Nelson Bocaranda y muchos otros para atestiguarlo. En ello no hay más que una terrible inseguridad personal del caudillo que, personalista como es su régimen, se transmite a todas las instancias oficiales ¿O no dijo él hace ya un tiempo que “Venezuela era un lienzo” que “sólo él podría terminar de pintar”? Nunca asumió Chávez que ya no está en un cuartel, y que siendo el primer mandatario de la nación está más expuesto que nadie –y así debe ser- al escrutinio y a la crítica colectiva. Puede que nos guste o no la forma en que un medio presenta la realidad, puede que a veces se incurra en excesos e incorrecciones, pero respetar la libertad de expresión implica respetar incluso a quien no cuenta la historia como a nosotros nos gustaría y sólo castigar al que dolosamente tergiversa los hechos para lograr inconfesables propósitos. Eso no es aceptable para este gobierno y esa es una de sus más graves debilidades.

La segunda razón es de fondo y tiene que ver con su proyecto político. A los totalitarios no les gustan los medios libres. Y punto. No pueden exponerse a que se registren sus fechorías ni, mucho menos, a que éstas sean difundidas al país y al mundo. Si revisamos la historia, nos damos cuenta clara de que en regímenes como el que ahora padecemos en Venezuela no es importante la verdad, sino la artificialidad. En consecuencia, decir la verdad, atentando contra la artificialidad, es un grave pecado contrarrevolucionario. Prefiere, por ejemplo, nuestro presidente seguir creyendo que no hay niños de la calle, y que todas las instituciones le avalen la gracia, a tomar medidas concretas para la protección de la infancia. Yo sigo esperando que “se cambie el nombre” como lo prometió -en una rueda de prensa el 6 de diciembre de 1998 en (¡las vueltas que da la vida!) el Ateneo de Caracas- si seguían existiendo al cabo de seis meses niños en la indigencia. Le es más conveniente hacer creer –y creer él mismo- que aquí no se violan los derechos humanos, o culpar a la oposición de manipular las cifras sobre inseguridad que asumir la responsabilidad real –y nada fácil, por cierto- de solucionar el problema. A la corrupción la enfrenta de manera selectiva –igual a cómo se hacía en la “cuarta república- y poco eficaz. Y todo su discurso se basa en hacer crecer en la masa las expectativas, en hablar “de lo que será”, y no de “lo que es”. Se disfraza de utópico y nos dice “ya llegaremos” a una sociedad mejor mientras la gente –ya tenemos diez años en eso, ¿o no?- se pregunta “¿pero cuándo?”.

Por eso este gobierno no puede tolerar el disenso o la crítica. Y nos manda a callar a todos cerrando o amenazando a los medios libres. Algunos le siguen el juego, otros no, pero esto nos afecta a todos. ¿Será que nos damos cuenta?.

Gonzalo Himiob Santomé

Publicado en webariculista.com: http://webarticulista.net.free.fr/ghs200918052201+Gonzalo-Himiob.html
 
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