martes 5 de abril de 2011

El arte de insultar


CONTRAVOZ
El arte de insultar *

Por Gonzalo Himiob Santomé

“El que carece de toda superioridad o mérito desearía que nada de eso existiese”
Schopenhauer

En estos tiempos procaces, en los que los atajaperros absurdos y las pataletas malcriadas y llorosas, incluso entre quienes se supone que deberían estar del mismo lado, están a la orden del día a todo nivel, en los que desde el Presidente hasta el más humilde personaje de cualquier lugar se siente con pleno derecho a mencionarnos la madre por cualquier nimiedad, en los que a muchos les incomoda lo que hagan con éxito los demás sólo porque todo lo que emprenden ellos les sale torcido, en los que algunos buscan la notoriedad no en la excelencia de sus desempeños o en la valía de sus actos, sino por el contrario, en la descalificación de los demás, creo conveniente rescatar la nobleza del insulto y defenderlo como herramienta, porque ¡Caramba! Insultar no es cosa de novatos, ni de mezquinos.

Hasta para insultar con efectividad y donaire hay que tener gracia e inteligencia. Es lastimoso ver que a quienes no tienen nada interesante o positivo que aportar, a los enanos en temple y en alma, no les queda más tratar de bajar a los demás a sus miserias o de montarse sobre los hombros de otros para figurar pensando con ello que insultan, cuando en realidad lo que hacen es quedar como payasos.

Normalmente en quien insulta, o trata de insultar, que no es tarea fácil pues se necesita no sólo la ofensa sino oídos que la atiendan, no se esconde más que la voluntad de igualarse en altura a quienes se ofende. El vituperante pequeño, y no hablamos acá de habilidad en los duelos verbales que tenían Cervantes, Quevedo o Borges, sino de simple y mezquina chapucería; no busca en su insulto más que legitimarse y dignificarse a sí mismo tomando prestada, robando más bien si es que se le hace caso, la dignidad y bonhomía que le son ajenas y que el injuriante envidia a rabiar.

Del insulto, dicen los que estudian estos temas, se ha servido hasta Dios, por eso es que en cualquiera que pretenda utilizarlo cabe esperar, al menos, un poco de inteligencia y de ponderación. Tan “maldita” fue la serpiente que tentó a Adán y a Eva, como “malditos” fueron éstos últimos cuando osaron comer del fruto prohibido. En la Roma y en la Grecia antigua se vituperaba con fruición, pero casi siempre haciendo alarde de elaborada creatividad, y por qué no decirlo, de mucho refinamiento, al menos así se ve en las injurias de aquellos lustros que han pasado a la posteridad. No sólo eran injurias verbales, sino también gestuales las que se utilizaban. “Hacer una higa” por ejemplo, consistía en cerrar el puño dejando el pulgar asomado entre el dedo índice y el cordial, a manera de imitación de una vulva con clítoris y demás; mostrar el gesto a un hombre cualquiera implicaría actualmente algo así como decirle hoy día “eres una mami” o lo que es lo mismo, decirle que por mucho que se afane no tiene ni demuestra en sus actos reales atributos de masculinidad alguna.

Si estuviésemos en la antigua Roma entonces cabría entonces “Hacerle una higa” a muchos necios contemporáneos, supuestos símbolos de masculina valentía, cuando de tanto en tanto, se sirven de su situación de víctimas de abusos, para asumir con femineidad manifiesta actitudes muy poco varoniles, entre las que destacan el chismorreo, la bajeza en el ataque y a modo de “doncellas ofendidas” por falsas menciones, lagrimeos y llorantinas muy poco decorosas en un hombre. A muchos, es así, lo que les falta es hasta fingir un desmayo para ver si algún caballero los “recoge”. Lo que no perciben, se ve mucho en estos días es que como lo han destacado algunos autores, entre ellos Iñaki Esteban, para insultar hay que acompañar la expresión escrita o dicha de cierta afectación melodramática, de un gesto burlesco, más propio de cursi opereta que de verdadera confrontación argumental seria, que enfatice en quien profiere la ofensa su infame cualidad. Si no se hace así, y con más razón ocurre si no se acompaña el insulto de alguna idea coherente que defender, pues no funciona.

Vayamos más allá. Ya Carl Sagan lo había expresado, pero no ha sido el único, pues desde Schopenhauer hasta Ciorán, muchos han tocado el tema. El primer síntoma para la detección de un “camelo” esto es de una falacia, o de un engaño en lo que se dice, es que se recurre a la descalificación personal del contrario, que no a la descalificación de su argumento o de sus logros. Muchos de los insultos que se perciben en estos días son lo que se conoce como Argumentum ad Personam, es decir, son algo que se dice sólo sobre la persona, con absoluta desvinculación de lo que ésta haya dicho o hecho, positivo o no, con lo que el camelo, el engaño del vituperante, queda completamente al descubierto.

En la introducción del “Parerga und Paralipolema” de Schopenhauer se expresa esta verdad así: “la injuria, y el mero insultar, es una calumnia sumaria, sin mención de razones (…) el insulto es una calumnia abreviada (…) Hay que conceder, sin embargo, que quien insulta pone de manifiesto que no tiene nada sustancial que oponerle al otro…”. En otras palabras, cuando se insulta no se dice nada más que una mentira, lo que convierte al que ofende en mentiroso.

En muchos insultos pretéritos y contemporáneos no sabe el ofensor qué decir con respecto a algo, no tiene cómo rebatir los frutos objetivos y tangibles del hacer de su opuesto, o sencillamente, prendado el lloriqueante de su propia y egoísta mismidad, estos le generan tal envidia que no halla cómo controlarse, por eso el que no sabe en realidad dialogar o el que se dedica a la ofensa de oficio sin argumentos que le permitan lucir, las más de las veces sólo lo hace por decir algo, que de alguna manera atraiga el foco de atención hacia él, pretendiendo igualarse al enemigo y limitándose a hablar mal “de quien”, que no “de lo que ha hecho” aquél a quien quiere ofender, pues no se atreve a ser valiente contendor. Acá aplica entonces eso, y ojalá muchos lo tomaran en cuenta, de que a veces es mejor quedarse “calladitos porque así se ven más bonitos”.

Hay que entender sin embargo las raterías. Muchas veces pasa que al que ofende le disgusta que otros hayan hecho algo positivo que a él mismo le hubiera gustado hacer, pero que -en su fuero interno el vituperante lo sabe- no tuvo la más mínima posibilidad de lograr, por su mezquindad o por su escasa inteligencia o virtudes. Por eso recurre aquel al insulto lo que sin embargo por sus propias limitaciones personales, tampoco le sale, máxime cuando son los hechos de los opuestos los que le cierran la boca. Otras veces pasa, que en el insulto a los que sí hacen cosas positivas lo que se esconde es simplemente el anhelo en el ofensor -a veces entendible, otras veces no, sobre todo cuando el vociferante pone en peligro en su pataleta el bien que se pueda hacer a otros- de haber sido protagonista o beneficiario de algo, que por propia estupidez, perdió.

Cuando queramos entonces saber si estamos ante un argumento válido o ante un insulto sin base, analicemos si en la expresión de que se trata hay confrontación a las ideas, o algo más denso que la mera descalificación personal al opuesto. Si lo que encontramos en la bravata es uso y abuso de una minusvalía personal, acompañada del señalamiento de las supuestas minusvalías personales de “los demás” veremos que de lo que se trata es de un intento de insulto, que por su propia naturaleza, no merece atención y da hasta lástima responder. Recuerden insultantes minúsculos, insultar es un Arte.

*Publicado en el Diario "La Voz" el 03/04/11
 
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