
CONTRAVOZ
Las Pascuas *
por Gonzalo Himiob Santomé
Hoy es Domingo de Resurrección. En la fe católica, es una de las fechas más importantes, pues rememora el momento en el que Jesucristo resucitó para confirmarnos que era el hijo de Dios, y para transmitir volviendo desde el silencio y la oscuridad de la muerte, un mensaje de esperanza a la humanidad entera.
La Pascua cristiana es una festividad llena de simbolismo y de un profundo y reflexivo contenido espiritual. Se celebra normalmente entre el 22 de Marzo y el 25 de Abril de cada año, y su fecha varía, dando cuenta de la intensa conexión con el universo que nos rodea que evidencian muchas festividades religiosas, porque se le calcula siempre para el primer domingo siguiente a la primera luna llena de la primavera, en el hemisferio norte.
No es la Pascua cristiana la única festividad religiosa que se celebra en estos días. Al igual que el año pasado, la Pascua cristiana coincide en estos días con la Pascua judía, Pésaj. En esta, que durará siete días contados desde el momento en el que el 18 de Abril vio nacer la primera estrella en el horizonte del atardecer, se conmemora la liberación del pueblo judío de la esclavitud a la que le tenía sometido Egipto hace cerca de 2.700 años.
Noten mis lectores que en ambos casos se exalta solemnemente a la libertad. En el primer caso se la opone a los yugos de la muerte y de la oscuridad; Jesucristo nos abrió las puertas del cielo, y con su pasión y su sacrificio devolvió a los hombres y mujeres de buena voluntad, las llaves del reino de Dios. En el segundo caso, se la opone a la esclavitud, a los yugos de la opresión y al abuso de los poderosos; Moisés según nos cuenta el Éxodo, inició entonces el camino hacia la Tierra Prometida, liberando a su pueblo.
No nos perdamos en la interpretación banal, netamente festiva y vacacional, que muchos prefieren hacer de lo que significa que esta Semana Santa –que lo es, en esta oportunidad, para las dos religiones principales de nuestra nación- haya coincidido además con un día de asueto nacional, el 19 de Abril. Esto ha supuesto que la nación entera haya asumido, como siempre pasa en esta circunstancia, que la consecuencia directa de todo aquello es que tengamos prácticamente, desde un fin de semana a otro, nueve días de solaz, de merecido descanso y de relativa tranquilidad. Tampoco nos perdamos en disquisiciones teológicas profundas, vayamos más allá, y pensemos un poco en la significación que tienen para nuestra atribulada Venezuela, y en nuestro “día a día” estas festividades, y aunque sea por unos instantes, dediquémonos a prestar cabeza a la importancia del mensaje, que desde la religión y desde la fe se nos quiere transmitir.
No hace falta para ello ser judío o católico. Es más, hasta se puede ser ateo para pensar con seriedad en estas cosas. Lo bello de que estas festividades hayan coincidido, y de que en ambas el mensaje a transmitir sea el de la esperanza, es que a todos sin distinción, se nos invita a una fiesta en la que la libertad se concreta, pese a las adversidades, contra viento y marea.
Venezuela vive tiempos muy duros, tiempos de oscurana y de abusos en los que la muerte y sus terribles cifras semanales, y los constantes abusos que desde el poder se padecen contra las más elementales libertades cívicas, nos hacen a veces perder la esperanza y la posibilidad de soñar con un futuro más auspicioso. Cada día surge una mala nueva que nos ocupa el pensamiento y que poco a poco, se ve por momentos, nos descorazona; pero no sólo eso, estamos sumergidos en una terrible crisis de valores que nos está haciendo, por las malas además, acostumbrarnos a perfidias, malicia y perversos manejos, que por cotidianos se están comenzando a interpretar como “normales”. No nos equivoquemos –he aquí una primera reflexión que se puede aceptar, desde lo que son estas fiestas religiosas- todo periodo tiene por definición un principio y un final, y la maldad y el abuso no son la regla, sino la excepción. En castellano claro –así nos lo transmiten algunos de los significados de estas fiestas- “no hay mal que dure cien años”, sobre todo cuando los hombres decidimos echarnos las congojas al hombro y remontar con ellas a cuestas, pero armados de valentía y determinación, los senderos que se nos presenten por escarpados o difíciles que estos sean.
Moisés liberó a su pueblo de la esclavitud, cuando el poder que sobre éste se ejercía, lucía omnímodo e inconmensurable. Jesucristo se sacrificó por nosotros y trasegó los oscuros e insondables abismos de la muerte, pero en ello remontó hasta los cielos y de allí volvió para renovar nuestra fe y nuestras esperanzas. En ambos casos la voz que se impuso es una sola: La de la libertad. En ambos casos, además, no fue sólo el hacer de los hombres el que contribuyó a que prevaleciera la humanidad sobre el oprobio, sino que a éste se sumó la fuerza de la divinidad que -¿es que alguien lo duda?- siempre acompaña a quien se presta a luchar desinteresadamente por los demás, cuando a la voluntad se la acompaña de hechos y de razones.
No somos Mesías ni Patriarcas, pero a los venezolanos también nos toca nuestra parte de sacrificio y de lucha, sobre todo ahora que es cuando más difícil se avizora el porvenir. No elegimos las circunstancias ni los momentos en los que nos toca vivir, lo más que podemos hacer es tomar el tiempo que se nos da y hacer con éste lo más y lo mejor que podamos no sólo en nuestro provecho, sino también en el de los demás. Así, las Pascuas nos dejan otra importante lección: La trascendencia está no sólo en sacrificarnos por los demás y en obsequiar nuestros empeños a las causas justas, sino en no desvanecer, en no rendirnos, cuando el mal se nos ensaña con toda su vehemente crueldad. Moisés, habiendo sido criado como noble egipcio, pudo haber evadido sus cargas. Cristo fue tentado por el mal hasta en la cruz en la que agonizaba. Ninguno cejó ni cedió a la apatía ni a la comodidad, ambos sabían que servían a propósitos superiores a sí mismos.
No quiero ni por atisbo compararnos a figuras tan sagradas, eso sería una falta de humildad inexcusable; pero sí creo que a nosotros, ahora, en nuestro momento, ahora en nuestra historia, y como parte de nuestras obligaciones hacia el futuro de nuestros de hijos, y hacia ese ideal que es una patria justa, libre, tolerante y próspera, debemos tomar de la sacralidad de estas fiestas, como enseñanza final, que por mucho que a veces no lo parezca al término de la noche siempre llega la luz, para el que la quiere y se anima a luchar por ella.
*Publicado en el Diario "La Voz" el 24-04-11


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