
CONTRAVOZ
La Cenicienta reloaded *
por Gonzalo Himiob Santomé
“La sociedad abierta, el mundo civilizado, el estado de derecho, sólo pueden subsistir como tales si los ciudadanos que los integran viven en su interioridad una constelación de convicciones fundamentales”
Francesc Torralba Roselló
¡Ah! ¡El discreto y peligroso encanto de la frivolidad! Dos hechos de estos días, la arremetida de Vargas Llosa contra el “chateo” -calificó de monos, a nivel del pensamiento, a quienes “chatean” violentando las más elementales reglas de ortografía- así como la inmensa expectativa y ansiedad que en muchos ha generado la reciente boda real inglesa, me han llamado esta semana a retomar un tema que ya había tocado en otros de mis viejos artículos, como el muy duro que escribí hace ya unos años sobre la muy arraigada en Venezuela “Filosofía del muerto en Choroní”. En especial, quiero referirme hoy, quizás calando mal en el hangover emocional que muchos estarán aún padeciendo, a la frivolidad y a sus consecuencias más negativas que son la negación, y a veces hasta la destrucción de la realidad.
Voy a sonar a admonitorio moralista, pero nada más lejos de mi intención, sólo deseo abrir el debate sobre algunos de nuestros rasgos negativos. Que los venezolanos somos frívolos, valga la autocrítica, no es algo que pueda negarse ni que deba de entrada espantar a nadie, no por lo menos en los niveles en los que la autóctona frivolidad no confunde lo esencial con lo accidental, ni la sustancia con la forma; que nos guste la facilidad, que nos repugnen las complicaciones, que hagamos apología de la simpleza, y hasta que nos agrade cotillear sobre uno que otro secreto de la vida privada ajena dejando de lado temas verdaderamente importantes que nos afectan día a día, entra dentro de lo que es parte ancestral de las maneras de hacer de la humanidad desde que el mundo es mundo, no hay mucho que hacer sobre ello, y con esto se debe coexistir sin prestarle, aunque dentro de ciertos límites, demasiada atención.
Ni siquiera a la frivolidad hay que tomársela a la ligera. Lo que los dos hechos que encabezan esta entrega destacan, es que existe todo un aparataje cultural y mediático destinado a vendernos al facilismo como postura vital, lo cual es en extremo negativo cuando sirve a la ignorancia o al desconocimiento de la propia realidad. No sólo tendemos a optar por lo “fácil”, por espurio que esto sea, cuando escribimos o se nos pone a elegir entre opciones diversas, además muchas veces estigmatizamos al saber, al que se logra con tiempo y esfuerzo, y disfrazamos de improbables “cerebritos” a quienes son educados y se ocupan más de su formación, de la defensa de ideales consistentes y densos, que de su apariencia. En ello nos apoyan la prensa rosa, los chismorreos, las telenovelas, las radionovelas y demás –con algunas muy destacables e importantes excepciones, como aquél hito patrio que fue la telenovela “Por estas calles”- que no han hecho muchas veces más que promocionar antivalores, a cambio de nuestra atención, del aumento del rating y de los beneficios económicos para los medios que éste supone.
Estos medios de expresión han sido muchas veces los baluartes de la “cenicienta reloaded”. Son los que nos comunican que la gente padece los rigores de la vida no por sus propias irresponsabilidades o incapacidades, sino por la acción maligna de terceros. La niña es pobre, sufre, padece, pero sólo porque su “verdadero padre” no la ha reconocido o porque una temible “madrastra” se ensaña con ella. La niña –o en versiones más modernas, el niño- no tiene más defensa ante el mal que su belleza, que es lo que la pone -mejor decir, lo único que la pone- en la mira de la atención de algún improbable príncipe, o de algún “verdadero padre” que cual mesías redentor la “saca de abajo” sólo por esta virtud circunstancial.
En consecuencia, siendo la belleza, en términos generales el “valor” esencial, las hadas madrinas ya no son “Fauna”, “Flora” o “Primavera” (las de la Bella Durmiente), ahora tienen nombres de cirujanos plásticos y han cambiado sus varitas mágicas por bisturíes. El mensaje no es “estudia”, tómate en serio tu formación, prepárate que así podrás superar tus limitaciones”, sino “ponte bien buena, que así pronto alguien, un tercero, vendrá a rescatarte de tu miseria”. Lo peor es que luego nos asombra nuestro arraigado mesianismo, que haya quienes piensen en “gendarmes necesarios” para nuestra región, que una muchacha sencilla –como la protagonista de “Sin tetas no hay Paraíso”- prefiera gastarse lo que no tiene en ponerse un imponente par de lolas que pagarse los estudios, o que un muchacho humilde prefiera lanzarse a la vida criminal por un par de zapatos que le hagan ver cool que trabajar para ganárselos.
Venezuela arrastra además hoy día, las cargas de haberse entregado sin cortapisas a la frivolidad posmoderna. Algunos de sus cultores señalaban que la frivolidad debía ser tenida hasta como una virtud, ya que la misma servía de contrapeso a los fanatismos y a los fundamentalismos. Más valía, así lo pensaban, una sociedad en la que las situaciones, las cosas, y hasta las ideas en general no fueran asumidas con peligrosa gravedad (por ejemplo, el debate sobre si la monarquía debería seguir existiendo o no) que otra en la que la negación absoluta de la superficialidad sobre ciertos temas implicase el desconocimiento y hasta la agresión, de los seres humanos entre sí. Creían aquellos que contra la radicalidad en cualquier postura -que es a no dudarlo también negativa-, esa que se muestra intolerante hacia las otras sólo porque se asume con excesivo celo y demasiada seriedad, cabía oponer un pensamiento frágil, incapaz de entrar en indebidas y siempre peligrosas honduras. La razón de esto era sencilla: Si, como frívolos, se nos fomenta una visión excesivamente acrítica e insustancial sobre la vida y sobre sus temas, no seremos jamás radicales ni fundamentalistas –ni consecuentemente intolerantes- contra nada ni contra nadie. No seremos patrioteros a ultranza ni fundamentalistas religiosos, por ejemplo, o escribiremos mal, pero sin que eso importe. Ninguna persona carente de ideales sólidos y debidamente afianzados –esto es, asumidos con seriedad y sin vacuidades- sería capaz de inmolarse o de aniquilar a los demás por estos.
Ello acarreaba una contradicción. La frivolidad, como seres humanos que somos, hechos no sólo de materia sino también de alma y de mente, nos hace sentir vacíos; así ansiosos por retomar la espiritualidad y nuestros valores perdidos, pero sin querer asumir las cargas y esmeros que vienen asociados a desear hacerlo de verdad y con seriedad, desde la década de los sesentas el mundo del que somos parte se entregó a nuevos “gurús” del “pensamiento” –así, entre comillas- que culminaron en los ochentas y noventas con lo que se ha llamado el “New Age”. ¿Para qué perder tiempo leyendo a Mann, a Nietzsche, a De Beauvoir, a Sartre, a Gallegos, a Gabo o hasta la Biblia si para comprender el sentido “real” de nuestra existencia podemos limitarnos a algún librito de autoayuda, que en diez cómodas lecciones nos devela los secretos de la felicidad? ¿Para qué leerse los textos que nos sugieren nuestros profesores, si es más sencillo tomar los apuntes de algún otro –el “cerebrito”- que se haya dado a la tarea de resumírnoslos? Y más acá ¿Para qué promover la producción endógena de bienes de calidad si a la vuelta de la esquina estaba Miami donde todo ya está hecho y “ta barato”?
Kate y William –recordemos que ella es una ciudadana común, bella eso sí, pero hasta con familiares de dudosa reputación- encarnan el anhelo de millones de hombres y mujeres, de ser elevados desde la oscuridad a luminosas alturas por la vía del simple emparejamiento. Ella es la cenicienta “reloaded”, que muchos y muchas quisieran llegar a ser. A Vargas Llosa, pese al exceso en el mote, le repugna con razón que el facilismo se haya hecho de la escritura en el “chateo” en detrimento de la belleza y de la humanidad que significa el saber expresarse con corrección en nuestro lenguaje, uno de los más hermosos del mundo. A mi me preocupa, que mientras el país se nos cae a pedazos, todavía prestemos más atención a lo insustancial de una boda a miles de kilómetros, que a lo trascendente de nuestros problemas. Ahí les dejo eso.
*Publicado en el Diario "la Voz" el 1-05-11


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