
CONTRAVOZ
¡Qué entre abogados te veas! *
por Gonzalo Himiob Santomé
El pasado jueves 23 de de Junio se celebró el “Día del abogado”. Recuerda mi colega Xabier Escalante que nuestro patrono es San Ivo, que nació en Kermartin (Bretaña, Francia). Lo es porque en el ejercicio de su cargo como juez, Ivo se dedicó a proteger a los humildes, a defender a los pobres y a administrar justicia con imparcialidad y bondad. La gente lo llegó a conocer como el “abogado de los pobres”, algo así como un José Gregorio Hernández, pero de las leyes, y dio origen a los famosos versos: "San Ivo era bretón: Abogado pero no ladrón". Se dice de él que en 1284 fue ordenado sacerdote y renunciando a su oficio de juez consagró el resto de su vida al trabajo parroquial. El letrado murió el 19 de mayo de 1303.
Es importante entonces la fecha, sobre todo en nuestro país, en el que lo sé por experiencia propia ante mis alumnos de la UCV y de la UCAB, cada día es más difícil convencerse y convencer a los demás de que las leyes y sus procesos son las herramientas de la verdadera civilidad, acaso si no las más importantes.
En un país en el que desde hace décadas y más en esta última tener un Estado de Derecho real ha pasado de ser una realidad a convertirse en una utopía, en el que menos vale “saber” de leyes que “conocer” y ser “amigo” de los magistrados de turno, en el que la corrupción es la regla, que no la excepción, en el que las normas se tuercen a conveniencia no sólo para favorecer intereses privados, sino muy especialmente para acomodo de los designios del poder; es complicado y hasta parece un despropósito, celebrar efemérides que tengan que ver con el noble cometido de la abogacía.
Esmerarse en ser un buen abogado, sobre todo en estos tiempos de oscurana, es en verdad muy noble, claro que no hay que idealizar sin cortapisas. Muchos malos abogados, malos en alma y desempeños, nos han ganado muchas veces con justicia, valga el contrasentido, nuestra buena cuota de mala fama. Napoleón Bonaparte decía que “interpretar la ley es corromperla, los abogados la matan”. Bentham era un poco más insidioso, “los abogados son las únicas personas a quienes la ignorancia de la ley no los castiga”, y hasta existe una popular maldición gitana: “¡Qué entre abogados te veas!”, que da cuenta del poco aprecio que a veces suscita en los ánimos nuestra hoy depauperada profesión. El lugar común es que los abogados somos, en general, mentirosos y tergiversamos las cosas siempre en provecho de nuestros intereses. Giradoux lo pone así: “No hay mejor forma de ejercitar la imaginación que estudiar la ley. Ningún poeta ha interpretado la naturaleza tan libremente como los abogados interpretan la verdad”; para Lord Brougham un abogado es “un hábil caballero que se ocupa de cuidar nuestros bienes de nuestros enemigos para poder quedárselos él”, y así sucesivamente. No la tenemos fácil entonces.
Sin embargo, todos los días coincido en tribunales con abogados honestos y trabajadores, que se las apañan para sortear la grave crisis judicial que padecemos, buscándole armados con sus leyes y con sus normas, que no con fusiles o a mandarriazos, un poco de sentido al caos que se vive. Todos los días muchos y muchas se esfuerzan pese a las decepciones, para lograr que las luces del entendimiento y la razón se hagan no sólo entre quienes se disputan bienes o proventos, sino que además lo hacen en esas peleas disparejas y desiguales que son siempre las que se dan entre los ciudadanos y el Estado, especialmente en los procesos penales. Es más, en las aulas me encuentro semanalmente con jóvenes en los que aún la ilusión de aportar su grano de arena a las luchas por el rescate del Estado de Derecho se preserva intacta.
Todo eso ha de llenarnos de alguna manera de esperanza, y es así porque no hay peor lucha por el rescate de la justicia en nuestra nación, que la que de entrada tendríamos que librar si no hubiese ya posibilidad alguna de contar a futuro con abogados y abogadas que no estén velando sólo por sus propios intereses. Hay ahora una mayor conciencia social, un mayor interés político, en el mejor sentido entendido, evidente en nuestros jóvenes estudiantes de derecho, y lo que es más importante una plena conciencia indiscutible no sólo sobre nuestra realidad, sino sobre lo que habrá que hacer llegado el momento para reconstruirnos.
Nuestra sociedad necesita abogados justos y equilibrados, leídos y preparados –me repugnan, he de decirlo, las ansias de muchos de graduar leguleyos y de otorgar especializaciones, maestrías y hasta doctorados “express”- y sobre todo nuestra patria necesita de abogados valientes y con conciencia social. Abogados que no teman vincularse a la realidad, que no teman ni renieguen de las causas difíciles en las que el poder abusa, y que aunque se ganen la vida como corresponde, a final de cuentas el de la abogacía es una oficio como cualquier otro, también entiendan que son muchos los que no pueden costear nuestros servicios y que merecen de nosotros toda nuestra atención y todo nuestro apoyo.
Requerimos de abogados que no escatimen en esfuerzos en hacer que nuestro día a día se asemeje más a los mundos ideales que nuestros preceptos constitucionales prescriben. Necesitamos abogados que comprendan que la vida está hecha de mucho más que las cuatro paredes a las que la lucha por nuestra propia subsistencia nos confina, y que de nuestros actos depende no sólo el respeto de los derechos de aquellos a los que asistimos, sino la estabilidad general del sistema de justicia.
Un país sin abogados decentes y estudiosos, sin jueces honestos, independientes y justos, sin defensores o fiscales probos y autónomos, es uno al que tarde o temprano lo consumirá la “Ley de la Selva” y en el que la toma de justicia por propia mano se hará costumbre y será la mancha reiterada. Una nación en el que el sentido de las normas se tergiverse a capricho de sus gobernantes, o de quienes tienen el poder mediático, económico o político, es uno en el que el mensaje que se le está enviando a la ciudadanía es que las reglas de juego, indispensables para nuestra estabilidad, y en última instancia, para el mantenimiento de la paz, son maleables, o lo que es peor, no existen.
Un vistazo a nuestras cárceles, a nuestros tribunales, a la podredumbre institucional que hoy todo lo arropa, nos revela que estamos ya al borde de la anomia completa y que es a nosotros, y a ustedes mis queridos colegas, a los que nos toca de la mano con el resto de la ciudadanía, por esforzado que sea, hacer entender al pueblo, que cuanto más oscura es la noche de la justicia más necesario es llenarla con las luces de la razón, de nuestros principios y las de las normas justas y buenas. Sólo así saldremos adelante, sólo así el verse entre abogados será más bien motivo de orgullo y dejará de ser como algunos lo piensan, una maldición gitana.
*Publicado en el Diario "La Voz" el 26/06/11


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