martes 21 de junio de 2011

Ser padre


CONTRAVOZ
Ser padre *

por Gonzalo Himiob Santomé

“No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre”
Sigmund Freud

“Madre es el nombre que le dan a Dios los labios y los corazones de los niños”, así reza una frase de la película “El Cuervo”, recordada no sólo negativamente porque durante su filmación falleció su protagonista Brandon Lee, sino también positivamente por el hermoso aserto que encabeza este párrafo.

¿Cuál es entonces el sentimiento que la palabra “padre” debe evocar en nuestros hijos? Las mieles de la maternidad, por justas y merecidas razones, son ensalzadas en miles de poemas, obras y textos mundiales, pero a la paternidad, justo es decirlo, le cuesta un poco más encontrar sus espacios de apología y hasta de comprensión plena. Una breve revisión nos demuestra que cuando de paternidad se habla, al menos en nuestras latitudes, se tiende a resaltar de tan noble cometido más los aspectos negativos o autoritarios, o los que atañen a la necesidad de ejercerla de manera responsable, que los goces, los sacrificios o la importancia que ciertamente también son parte de la misma y han de ser igualmente destacados

Al igual que ser madre, ser padre es quizás uno de los hechos personales más hermosos, complejos, enriquecedores y sacrificados para cualquier ser humano. Al menos es así para quienes nos tomamos el papel en serio y para quienes no comulgamos con aquélla visión retrógrada de la paternidad, que nos reduce a una especie de ornamento disciplinario en el hogar, que sólo debe involucrarse en la crianza de los hijos cuando es menester pagar por algo o cuando toca meterlos en cintura. Creo yo, que ya han de ser superados esos esquemas machistas en los que era a la madre a la que se le atribuía en exclusividad la responsabilidad sobre la educación de los vástagos, mientras que al padre se le concedía el simple papel de proveedor de bienes y de correazos.

No nos ayuda en esto, me refiero a la superación de estos patrones tan perniciosos, el hecho de que es verdad que muchos padres –aunque no “todos” los padres, valga decir- aún no se ocupen de sus hijos ni de sus familias en general como corresponde. Muchos padres, en pleno Siglo XXI, no cumplen ni siquiera –divorciados o no- con sus más elementales obligaciones, y a veces hasta hay que perseguirlos legalmente, que lo sé, para forzarlos a ocuparse de la manutención de sus hijos. Otros progenitores son aún peores, aunque en esto no hay exclusividad masculina, pues sólo enseñan a sus hijos a vincularse con la familia y con la sociedad desde la violencia, desde el miedo y desde la irracionalidad.

La realidad es que no somos todos así, y valga el descargo, no somos los padres los únicos propensos a fallar. Que muchas veces la figura del padre está ausente del hogar, o que incluso estando presentes algunos no se terminen de asumir como tales, es una realidad indiscutible, pero también aunque se diga menos, lo es que muchas madres –igualmente, no “todas” las madres- fomentan en sus hijos patrones irregulares de vinculación social y familiar, que a la larga sólo traen las consecuencias negativas de las que luego las mujeres como género se hacen víctimas a la vez. ¿No me lo creen? ¿Cuántas mujeres toleran el maltrato y el abuso doméstico, incluso el que se ejerce contra ellas frente a sus hijos, sólo para mantener una precaria y distorsionada estabilidad económica o familiar? ¿Cuántas se quejan del carácter mujeriego y picaflor de sus esposos, y sorprendentemente rebosan de orgullo cuando sus hijos se muestran como unos “galancitos”, que juguetean adolescentes con dos o tres muchachitas a la vez? “¡Ah! ¡Es que las trae locas a todas!” -se solazan- sin darse cuenta de que con ello lo que hacen es alentar lo mismo que luego denigran en un hombre adulto.

Tampoco nos apoya nuestra cultura, ciertamente matriarcal –al menos materialmente hablando- ni las propias féminas, que muchas veces digámoslo de nuevo con todas sus letras, se sirven de la figura del progenitor varón como una suerte inapelable de cancerbero familiar al que más que amar, hay que temer. ¡Deja que llegue tu papá, para que veas! ó ¡Te las vas a ver con tu papá!, son admoniciones comunes en muchas mujeres ante sus díscolos infantes, promoviendo con ello el miedo que no el respeto, hacia el padre. Tampoco nos favorece la exclusión del padre, muchas veces inconsciente en las mujeres y por los mismos motivos culturales que afectan a los varones machistas, de la toma de decisiones trascendentes sobre la crianza de los hijos; y lo que es mucho peor, el uso de los hijos como “armas de control” –“Síndrome de Alienación Parental”- empleado a veces contra los padres por las madres en situación de conflicto, o de separación marital.

Veo la realidad y constato que cada vez son más los padres que asumen su papel con una entrega y una dedicación que no era común en las generaciones pasadas. Muchos ya nos afanamos no sólo en la crianza y en la transmisión de buenos valores, sino además y lo digo con todo el orgullo del caso, en las sutiles pero enriquecedoras artes de lidiar con el “día a día” de nuestros pequeños, algo que para nuestros abuelos, e incluso para muchos de nuestros propios padres, por buenos progenitores que fueran, era impensable. Hacer teteros, cambiar pañales, vestir y bañar a los niños, besar rodillas heridas o simplemente prestar el hombro a las lágrimas de nuestros hijos cuando así lo necesiten, poco a poco han dejado de ser, para bien, cometidos exclusivamente maternos. Muchos hombres se dan a esta labor con alegría y esmeros, aunque agotadores –todo el que tiene hijos lo sabe- inagotables, y así comparten con mamá el honor y la dicha de lo que significa ser papá. Muchos miran al futuro, como espero que lo hagamos todos los padres hoy en nuestro día, con la esperanza puesta en que cuando ya nos toque ir cerrando las cuentas de nuestro tránsito vital, nuestros hijos no sólo sean personas honestas y de bien, sino que además rebosen de orgullo al llamarnos “padre” y al decir honrados por ello que llevan nuestro apellido y nuestra impronta.

Reclamo entonces con la mejor buena fe, que “padre” sea entonces también el nombre que en los labios y en los corazones de nuestros hijos se dé, si no a Dios, al menos sí a un sentimiento indeleble de respeto y de amor que no esté asociado más a cholas o correas punitivas, ni a miedos o distancias indecibles.

Hagamos votos para que el día de mañana, no tengan nuestros hijos que bajar la mirada entristecida o avergonzada ante la mención de nuestro nombre, y para que por el contrario se sientan felices de que la imagen que les devuelva el espejo, ya de mayores, sea al menos en parte, nuestra propia imagen, hecha de esos valores y de esos principios que tanta faltan hacen hoy día, en nuestra atribulada Venezuela. Sobre todo ahora, prediquemos con el ejemplo y con nuestros actos, no dejemos que la apatía o la comodidad nos venzan ante el oprobio. Esa, estimados lectores, es también una manera de hacerse eternos en el corazón de nuestros hijos.

*Publicado en el Diario "La Voz" el 19/06/11
 
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