CONTRAVOZ
Lo que dejamos pasar *
por Gonzalo Himiob Santomé
“Toda horizontes, como la esperanza,
toda caminos, como la voluntad”
“Doña Bárbara”, Rómulo Gallegos.
Cuando se viaja, por más que nos esmeremos en desconectarnos algunos días de los trajines diarios y de nuestros pesares nacionales, es inevitable hacer comparaciones entre lo que tenemos y lo que se tiene en otros países. No se trata de establecer si una nación es mejor que otra, simplemente se trata de vivir la experiencia de estar en otro lado, en el que las cosas funcionan de manera diferente, y de contrastar eso con lo que se vive y se padece en Venezuela.
Venezuela sigue siendo el mejor país del mundo. Somos un remanso de belleza humana y natural, pleno de recursos y de hermosos secretos que no dudan en revelarse ante quien se anime, corazón y esfuerzos en mano a buscarlos. Somos de una tierra que pese a nuestras cuitas y retrocesos sigue siendo “toda horizontes, como la esperanza, toda caminos, como la voluntad”, como cantaba Gallegos. Por supuesto, algo similar dirá un mexicano de su país o un carioca de su bienamado Brasil. Dicho esto, me permito compartir algunas lecturas que pueden darse a nuestra realidad actual, pero vistas desde el prisma de la lejanía temporal.
Hemos dejado que nos pasen muchas cosas ante las que hemos sido desde francamente ingenuos hasta manifiestamente pusilánimes. Hemos dejado muchas veces que el poder juegue solo y de ello han nacido muchas cosas, que vistas desde la distancia jamás hubieran podido ser en ninguna otra nación civilizada. El chavismo desde 1998 se ha dado a la tarea de cambiarnos todo, empezando por la nomenclatura de las cosas, no siempre para bien o con ánimo constructivo sino, las más de las veces con el peor ánimo destructivo. No se ha tratado acá sólo de cambiar las viejas estructuras, ha sido algo mucho más denso y esencial, que en palabras del propio comandante presidente –aunque ahora que esté enfermo a muchos se les olviden estos daños suyos- se dirige a demolerlo todo. Malo no es que se haya querido derribar lo viejo, pues a veces eso es necesario para edificar lo nuevo, malo es por el contrario que no se vea que luego de las debacles, deliberadamente provocadas en casi todos los ámbitos nacionales como el económico, el cultural, en la salud, en la seguridad, en la justicia, y así sucesivamente, haya en realidad intención de sustituir lo que se ha desechado por algo mejor; es decir, se ha destruido pero sobre las ruinas que trasegamos no se ha puesto, en realidad, ni una sola piedra firme que sirva de fundamento a un futuro mejor.
La premisa ha sido errada. Al diagnóstico, por llamarlo de alguna manera, que de las enfermedades que se padecían hasta 1998 hizo el chavismo –la corrupción, la exclusión social, el saqueo institucionalizado de nuestras riquezas, y así- aunque no siempre desacertado, no le ha seguido un tratamiento coherente o eficaz.
Se cuestionaba por ejemplo a una justicia corrupta y sujeta a los malabares de los partidos, que se turnaban en el poder. Sobre estas bases se acabó con todo lo que se tenía y lo que se había logrado, incluso con lo positivo, para supuestamente desde allí fomentar una justicia diferente, igualitaria, independiente, autónoma. Nada de eso se logró, y por el contrario dejamos que poco a poco se nos hiciera aceptar, con todo y la repetición y agravación de los viejos males que suponía otro modelo de justicia socialista que en realidad no es más que una mala copia del sistema cubano, y no da lugar sino a más exclusión, a más sumisión, y al final, a más miedo. Lo hemos dejado y lo seguimos dejando pasar.
Se criticaron, por otro lado severamente, las políticas económicas neoliberales y capitalistas –aún nuestro Presidente, pese a su evidente fracaso en materia económica, sigue pegado en eso- y se las hizo ver como las culpables de todos los males del universo. Así empezó un ataque, primero soterrado y luego abierto y sumamente destructivo, contra todo lo que implicara obtención de provecho patrimonial por la comercialización de bienes o servicios y contra la propiedad privada. Cayeron entonces en esa vorágine bancos, casas de bolsa, muchas empresas privadas y hasta las constructoras. Fueron y están siendo completamente demolidas, todo ello para sustituir al mal del capitalismo, con otros males mucho peores: El de la estatización o el del riguroso control por parte del poder de todo lo que produce, con las consecuencias inflacionarias y de déficit en bienes y servicios que se vive hoy día. Lo hemos dejado, y lo seguimos dejando pasar, y así sucesivamente lo hacemos con la educación, la salud, la seguridad y en todos los demás ámbitos de la vida nacional.
Entre tanto la “revolución” ha impulsado la imposición de su pensamiento único de todas las formas posibles, desde las institucionales - la promoción, gracias a Dios fallida, de una Constitución Socialista mediante referendo- hasta las no menos dañinas, pero igualmente efectivas maneras menos formales. El famoso “Por ahora” que apareció en las vallas de la nación luego de que el presidente no pudiera hacer efectivo su anhelo de imponer su ideología, contra lo que pauta nuestra misma Carta Magna, ha demostrado ser de las pocas expresiones oficiales con pleno sentido, y así lo que no se hizo con la fracasada reforma constitucional, sí se ha hecho a través de leyes, decretos, resoluciones y hasta de simples vías de hecho, que nos han obligado a ver toda nuestra realidad a través de cristales rojos contra lo que el pueblo ya había decidido. Lo hemos dejado, y lo seguimos dejando pasar. Se nos imponen colores, formas, nomenclaturas, y seguimos sin atisbar, quizás por la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos, la gravedad que ello reviste en nuestro día a día.
¿Ustedes se imaginan el escándalo que en el Imperio generaría que un gobernador norteamericano decidiera cambiar los letreros de bienvenida a su estado para poner algo así como “Bienvenidos al Estado Republicano -o Demócrata, actualmente- de Massachusetts”? ¿Podemos siquiera anticipar la conmoción que causaría en España que Zapatero hubiese en algún momento decidido cambiar la bandera de su nación para poner en ella un la efigie de un obrero o para sustituir la franja amarilla por otra roja, de manera que ésta quedase unicolor, más socialdemócrata y uniformada con los tonos del logo del PSOE? ¿Qué ocurría en Colombia si en la apertura de su año judicial los jueces entogados se dieran a corear “¡Uh, ah, Santos no se va!”? ¿Y si en Suiza a los padres se les hubiera dicho que se iban a cambiar sus libros de historia, los que utilizan sus niños en las escuelas, sólo para hacerlos más adecuados a la visión ideológica de sus gobernantes? Todo lo anterior, aunque pareciera sacado de la ficción de un texto de George Orwell, o de alguna imaginería perversa de Kafka ha pasado en nuestro país. El poder que es el verdadero disociado, se ha empeñado en hacer creer en todo su versión sesgada de las cosas y se ha dado con ahínco a convertir a Venezuela en lo que no es, y lo hemos dejado pasar.
Aún así, creo que el cambio está por venir. Ya no somos los mismos. El poder lo sabe y se aferra a la manipulación de las cosas, hasta de las penurias y enfermedades personales del presidente, para generar simpatías que no merece. Lo que no sabe es que a esa Doña Bárbara en la que se han convertido, dañada, supersticiosa y perversa, ya le están saliendo al paso millones de Santos Luzardos y de Mariselas, dispuestos a no dejar que estas cosas, estas terribles cosas, sigan pasando. Ya lo veremos en 2012.
*Publicado en el Diario "La Voz" el Domingo 14/08/11


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