
CONTRAVOZ
El síndrome del “Hombre Orquesta” *
por Gonzalo Himiob Santomé
O de la “Mujer Orquesta”, que también existe.
Me refiero, a riesgo de sonar antipático para los fundamentalistas de bando y bando, a esta muy negativa creencia de algunos políticos venezolanos según la cual pueden hacerlo bien, y manejarse con corrección y eficiencia, en todos los desempeños en los que sus partidos los ubiquen. Hablo de quienes no sirven al final sino como simples fichas de los juegos del poder, sin dejar huellas reales, ni destacarse al final en nada de lo que se les encarga, y que medran ladinos sólo a la espera de cuál será su próximo destino.
En Venezuela la cosa es grave. En el oficialismo tenemos personajes que han concentrado en sí mismos alternativamente las funciones de militares, vicepresidentes, ministros, gobernadores, diputados y hasta de directores de instituciones públicas altamente especializadas como Conatel; otros han sido designados por Chávez como ministros para una cosa, y a la vuelta de unos meses como ministros para otra completamente diferente, sin mayores explicaciones y sin tomar en cuenta sus capacidades, sino solamente su nivel de lealtad al “proceso”. Incluso algunos han pasado de disfrutar como funcionarios públicos de las prebendas del más alto poder, a convertirse en encuestadores, “forjadores de opinión”, y así sucesivamente.
La oposición, o mejor dicho, algunos en la oposición, no se quedan atrás. Muchos un día han querido ser alcaldes o gobernadores, y luego ante el fracaso en sus intentos, sea que éste se produzca por la ausencia de apoyo popular o por las componendas que se dan entre los partidos, prefieren mostrarse como idóneos para el desempeño de otras funciones, como las de diputados o diputadas; y ahora ocurre también al contrario: Muchos de los que fueron favorecidos recientemente por el voto como diputados y diputadas, tanto para la AN como para el Parlatino, ahora pretenden abandonar sus puestos y correr hacia otros distintos en los diferentes niveles del poder ejecutivo.
Entiéndase bien que no pretendo discutirle a nadie su derecho a tener aspiraciones políticas, lo que sí quiero es reclamar de aquellos y de aquellas en quienes hemos confiado nuestros destinos, al menos un mínimo de coherencia y de respeto hacia los electores.
Que en el oficialismo todos los “leales” estén a disposición absoluta del comandante, para hacer lo que se les ordene, cuando se les ordene, tengan capacidades para ello o no, es algo negativo, pero comprensible. Total si algo nos han dejado claro estos casi trece años, es que el conocimiento, la consistencia y las capacidades de las personas, si quieren estar en el poder, no son importantes o necesarias para la Revolución. Lo único que vale en ésta, es la sumisión plena a los designios del Presidente, y todo lo demás sobra.
Sin embargo, también en la oposición hay algunos que han logrado que el pueblo por la vía de los votos les confíe, a costa de muchos sacrificios vale decir, una misión específica, que es para la cual se promocionan y mercadean en un momento electoral dado, y luego a la vuelta de un tiempo, abandonan con una “cara e’ tabla” impresionante el puesto ganado, con la mira puesta en otro desempeño, sólo porque la coyuntura electoral les pone el cargo a tiro, o porque las conveniencias de sus partidos así se los imponen. Todo ello sin tomar en cuenta el impacto, más bien la decepción, que en muchos electores eso puede generar.
Ustedes me perdonan, y sé que a muchos les voy a resultar molesto en la afirmación, pero no voy a darle en las primarias mi voto a quienes desde la oposición se nos vendieron primero como “los mejores” o “las mejores” para el ejercicio en un cargo en específico, y ahora, sin siquiera haber terminado el período para cumplir con las funciones que originalmente les encomendamos (recuerden que fuimos los votantes los que los pusimos allí) se nos venden como “los mejores” o “las mejores” para otro puesto completamente diferente.
La política, al menos la buena política, debe andar de la mano de los valores y de la coherencia entre lo que se dice, lo que se pide, y lo que se hace. El chavismo nos ha dado muestras más que suficientes de qué es lo que nos espera cuando lo anterior no es más que letra muerta. Si en los pasados comicios legislativos, un candidato opositor luchó a sangre y fuego por su curul, abriendo algunos de ellos heridas por doquier además, y luego resultó favorecido por el voto popular para ocuparla, no debe ahora (de poder, puede; pero no es de lo que se “puede” de lo que hablo, sino de lo que se “debe”) estar coqueteando con otros posibles destinos políticos, sólo porque así sea del interés de su partido, o porque no se sienta ahora en capacidad de cumplir con el mandato específico que el pueblo le otorgó.
En el primero de los casos, se revelaría quien así procede como una simple ficha en un tablero de juego, en el que al reconocer su incapacidad de determinación individual, desconoce además la voluntad y el mandato de los electores que confiaron en él, o en ella. En el segundo, lo que demostraría tal conducta es que se engañó, sin cortapisas lo digo, a los electores, haciéndoles ver que tal o cual era “el mejor” o “la mejor” para trabajar en un ámbito específico, para luego a las primeras de cambio, verlos huir en veloz carrera de los compromisos previamente aceptados, para asumir sin mayores explicaciones otros puestos distintos sin garantía además de que las nuevas cargas se afrontarán con responsabilidad o con el debido respeto hacia el electorado.
Un hombre o una mujer pueden tener muy diversas capacidades, y no niego que en muchos de nuestros políticos hay madera de verdaderos estadistas, pero eso no implica que debamos aceptar que éstos, cuales “hombres o mujeres orquesta”, nos quieran hacer creer ahora sin más que están capacitados para tocar todos los instrumentos de la banda, ni tampoco que debamos aceptar que nos engañaron cuando nos dijeron que “pondrían el alma” en el cumplimiento de los deberes que les encomendamos, cuando la verdad es que se guardaron siempre la carta bajo la manga de tener un “pie adentro y otro afuera” del cargo para el cual los elegimos.
Los únicos, en mi criterio, que están verdaderamente legitimados para tratar de evadir el oprobio que padecen a través del voto y del apoyo popular, sea cual sea el cargo para el que se ofrezcan, son los que han sido y los que son nuestros presos políticos. La Constitución y las leyes son claras con respecto a lo que con ellos debe ocurrir cuando resultan electos para el ejercicio de cargos públicos, y si con ello –como pasó por ejemplo con Biagio Pilieri- se hace cesar su injusta prisión, pues bienvenidos sean ellos a las arenas de la política. Ninguno de los demás aspirantes, ahora “sobrevenidos” desde los cargos que ya les habíamos ganado, está amparado -reitero, es mi criterio, sujeto como siempre a cuestionamiento y a disenso- por el mismo bagaje moral y de principios que nos impulsa a aceptar en los presos políticos lo que en otros y otras, no sujetos a sus mismas limitaciones y pesares, nos es imposible aceptar si lo que queremos es de verdad lograr una Venezuela próspera en manos, ahora sí, de los mejores y de las mejores.
*Publicado en el Diario "La Voz" el 20/11/11


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